Andar como un gordo

No se trata de que quiera meterme con los gordos, que yo mismo lo soy, sino de una reflexión sobre algo que me dijo el médico de cabecera hace unos años, que negué en su momento, pero que ya es irrebatible: ando como un gordo. ¿En qué consiste eso y por qué es importante?

El comentario que me hizo el médico al entrar en la consulta no fue que estuviera gordo, sino que me notaba que empezaba a andar inclinado hacia atrás. No me había dado cuenta y lo primero que hice fue negarlo, pero sin mucha convicción. Más que nada porque de verdad que no me había dado cuenta y no sabía a qué se refería. Pero al salir de la consulta me percaté de que, en efecto, empezaba a andar con la tripa por delante y la espalda ligeramente inclinada hacia atrás. Es decir, mi obesidad había llegado a un punto en el que ya me obligaba a cambiar la forma de andar.

Siempre había pensado que eso de “andar como un gordo” era más bien algo de caminar con las piernas un poco rígidas, sin doblar mucho las rodillas y casi tambaleándose de un lado para otro; lo que en mucho sitios se llama “patizambo”. Y yo no me veía andar así: andaba normal, corría de vez en cuando con cierta agilidad, etc. Pero llegó un momento en que noté que precisamente ese movimiento, andar un poco oscilando entre una y otra pierna y no paso a paso, me resultaba más cómodo en ciertas ocasiones.

Peso una media de 103/105 kilos desde hace varios años. A veces bajo un poco, a veces subo un poco, pero estoy ahí de forma estable. Durante mucho tiempo me he estado diciendo aquello de “no estoy tan gordo” y la verdad es que para mi estatura no me parece que sea una foca. Pero el médico tenía razón: ando con la tripa por delante. Y a eso añado yo que empiezo a oscilar. Es un gesto muy sutil y no sé cuántos de darán cuenta.

Pero debemos añadir un tercer signo que me dijo alguien cercano hace poco: “no, si estás bien de brazos y piernas; lo único que pasa es el tripón que tienes”. Pues sí… miro las fotos que me hacen ocasionalmente en los seminarios que imparto o cuando estoy sentado y veo que la figura de lado se define por una enorme tripa que sobresale y que proyecta mi figura varios centímetros por delante de la cabeza.

No puedo seguir diciendo “no estoy tan gordo”. Hace tiempo que ando mal, aunque soy fuerte y se nota poco. Hace tiempo que oscilo, aunque soy consciente de ello y trato de controlarlo. Y hace tiempo que el tripón sobresale mucho, aunque me pongo ropa negra para que no destaque tanto.

Repetimos mucho eso de “el primer paso para la curación es el reconocimiento de la enfermedad”. Se oye en las series de psicópatas por televisión y en las discusiones entre amiguetes. Pero no nos lo aplicamos a menudo. Nos decimos (me digo) “no estoy tan gordo”, hasta que llega un momento es que alguien te lo dice por fin: vas inclinado, das tumbos, andas como un gordo. Es hora de dejar de negar la realidad y asumir, como siempre, que estoy bastante gordo y que la solución a todos mis problemas es adelgazar. Y no 10 o 15 kilos. Creo que lo suyo serían unos 25.

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