Dormir poco es un suicidio, y para los hipertensos más

Llevo 3 o 4 días con una crisis de hipertensión espantosa, de esas en las que me cuesta bajar de 16/10 a pesar de toda la medicación, tranquilidad e infusiones que trato de tomar para sortear el episodio y poder volver a la normalidad. Cuatro días en los que casi no puedo hacer nada y buena culpa de esto la tiene la falta de sueño.

No sé si será normal, pero a mí desde niño me pone fatal eso de no dormir. Si alguna vez he tenido que quedarme en vela por ocio u obligación laboral, ya sabía que al día siguiente tendría molestias de todo tipo: ardor en la cara, sensación de fiebre, malestar, estómago revuelto… de todo, vamos.

Leía hace unos meses una entrevista al responsable de la Unida de Sueño del Hospital de Burgos, el doctor Joaquín Terán, del que se destacaba la frase “es un suicidio biológico dormir pocas horas o a ritmos cambiantes”. Me pareció una frase impactante y quizás un poco exagerada, sobre todo porque cuando lees el artículo ves que no está muy argumentado y que es poco más que una conclusión lapidaria que suelta el entrevistado. No le quito mérito a la persona, su trabajo o la entrevista, pero la frase no se explica bien. Aunque la verdad, no necesito que me la expliquen mucho después de lo que estoy pasando.

Soy de esas personas que al parecer trabajan mejor por la noche. Sea por la razón que sea, y he leído unas cuantas opiniones como que por la noche hay menos ruido y eso nos ayuda a concentrarnos, siempre he tendido a alargar las jornadas de trabajo hasta altas horas de la madrugada. Suelo dormirme a las 2 o las 3 y no son raras las noches que me quedo hasta las 6 haciendo cosas. Al día siguiente no suelo poner el despertador y duermo de manera natural hasta que me despierto, pero eso no suele ser más tarde de las 11 o las 12, lo que quiere decir que no duermo más de 6 horas en el mejor de los casos. A veces, como ocurrió la semana pasada, acumulo 3 o 4 días seguidos en los que duermo menos de 4 horas y entonces se disparan las crisis.

En momentos así el dolor de cabeza es espantoso e incapacitante. Llevo bloqueado casi por completo dos días en los que apenas puedo hacer nada, continuamente preocupado porque me aparezca otra hemorragia ocular o tener algún accidente vascular. De forma que “suicidio”, en el sentido de hacer algo voluntario que puede llevar a lesionarnos o incluso la muerte, no me parece una expresión desacertada. Seguro que no lo buscamos, pero es lo que podemos conseguir.

No necesito dirigir un laboratorio de sueño para comprobar la relación causa / efecto a lo largo de los años de dormir poco, desde esa observación genérica de que se me revuelve el estómago hasta la constatación en años más recientes de que tres días durmiendo mal suponen una crisis automática de otros tres días con medidas para atajar síntomas por encima del límite de seguridad.

El problema es que las tendencias que tenemos están ahí y surgirán por algo. Tratar de cambiar el esquema de sueño es luchar también contra una tendencia natural, algo más que un hábito. Hay que encontrar el equilibrio entre estar a gusto con el ciclo diario de trabajo y no ponernos en riesgo con la hipertensión desbocada.

Lo mismo que dormir poco dispara el problema, unos días de sueño organizado ponen las cosas en su sitio. Me ha bastado una sola noche de sueño continuo, de 7, casi 8 horas continuas en la cama para que la situación haya mejorado enormemente. Dejadme un par de días y seguro que vuelvo a la normalidad por completo.

¿Seguir con el hábito de trabajar en silencio por las noches, tratar de formarme a levantarme antes, intentar dormir más sea cual sea la hora a la que me acuesto?

Deja un comentario